Patin a Vela

El patrón de patín a vela, Jordi Viladot, nos lo explica

El día que un pesquero salvó a un patinista náufrago en alta mar

Jordi_Viladot

A pesar de que la historia de Jordi Viladot podía haber tenido un desenlace bastante negro, el patinista del Club Marítim Altafulla, volvió a competir en patín a vela una semana después de su experiencia límite.

(29-3-2020). Jordi Viladot estuvo a la deriva con su patín a vela volcado en alta mar, frente al litoral barcelonés, durante algo más de tres angustiosas horas. Fue con motivo de una regata social del Club Natación Barcelona. El patrón del ‘Dot’, navegante nacido como patinista en el Club Marítim Altafulla, nos narra su experiencia.

Aquella jornada de mediados de mayo de 2018 no invitaba demasiado a salir a navegar. Pero en las regatas de los mediodías laborables del Club Natación Barcelona no es que haya muchas opciones de escoger escenario. Te escapas del trabajo pensando en disfrutar una hora navegando con tu patín, compitiendo con los compañeros del club. Y eso es lo primero; eso más que el día que pueda hacer y las condiciones que pueda haber.

Aquel día, sin embargo, el escenario sí iba a jugar una incidencia en el encadenado de factores adversos que viviría. Efectivamente, no lucía el sol, había bastante mar, sobre todo de fondo, soplaba un garbí de unos 14-15 nudos y, paradójicamente, la corriente era de levante y, además, de bastante fuerte, tendía a llevársete mar adentro.

VOLCADA EN EL PRIMER LARGO

Salimos del varadero unos catorce patines. Tras darse la salida y recorrer la primera ceñida en un triángulo de considerable envergadura, llegué a la boya de barlovento en segunda posición. No recuerdo quién pasó primero. Inicié el primer largo muy colgado, pues había subido el viento a unos 16-18 nudos y yo peso unos 60 kilos. Colgado a rabiar y corriendo como alma que lleva el diablo, de repente me caí del patín. Me agarré fuerte a la escota para no perder la embarcación pero, ésta con la vela cazada, volcó y, en apenas unos segundos se puso en chocolatera.

No me inquieté. Para nada presagié que me convertiría en un patinista náufrago. A pesar de ser un ‘peso pluma’ ya había volcado otras veces y, aunque me cuesta desvolcar el barco, creí que, con el fuerte oleaje que había y el intenso viento que soplaba, sería fácil y rápido desvolcar el patín.

Uno a uno me fueron pasando todos los patinistas que participaban en la manga. Ví como superaban la boya de trasluchada y yo seguía tirando de la escota intentado aderezar el barco. Cerraron el triángulo y yo, no solo dale que dale, sino que, además, fui constatando como la corriente se me iba llevando mar adentro en dirección hacia El Prat. Mientras seguía intentando denodadamente desvolcar el patín, los regatistas siguieron haciendo los correspondientes tramos de la manga.

FUERA DE TRIÁNGULO

Evidentemente, nadie volvió a hacer aquel largo donde yo había volcado. De todos modos, aunque lo hubieran vuelto a hacer, tampoco me habrían visto. La fuerte corriente que me iba alejando del litoral me había sacado completamente del triángulo. El día gris, el intenso oleaje que me sumía en ‘valles’ profundos, el color azul de mi patín de tercera mano (antes había sido de Jordi Aránega, que se lo vendió a Eric Zobel y él me lo vendió a mi) propiciaba que éste fuera prácticamente invisible.

Por un momento, pensé en llegar a nado a costa. Incluso, lo intenté pero con la cantidad de ropa mojada que llevaba era muy difícil nadar y, además, era contra corriente. Total, que confirmé mi condición de patinista náufrago y opté por regresar al patín. Y menos mal. No en vano, días después, el veterano y reconocido Joan Comajuncosa me subrayaría que “nunca se debe abandonar el barco porque, en el mar, siempre es más fácil ver un barco que una cabeza”.

Una vez de nuevo en el barco, decidí convertirlo en una ‘balsa’. Pensé que si me desprendía del palo y de la vela lograría desvolcar (¡finalmente!) el patín. Luego, intentaría llegar a costa, fuera donde fuera, remando.

“NO PIERDAS LA CALMA”

Empecé a intentar quitar el palo. Costaba mucho. El intenso oleaje me lo dificultaba y, además, con lo fría que estaba el agua, tenía los dedos entumecidos. Recuerdo que mientras intentaba ir soltando el mástil me iba diciendo “lo tienes complicado pero no pierdas la calma, sobre todo no pierdas la calma”.

Pero mientras faenaba con los obenques y los cabos, vi, muy a lo lejos, que las velas de los participantes en la manga iban desapareciendo del mar. “¡No te ven! ¡No te han visto!”, empecé a decirme entonces reiteradamente. Me vino a la cabeza el testamento. No hacía mucho que me había separado y pensé “si no sales de esta, va a haber un lío. Debías haberlo terminado de modificar. Hay cosas que no se pueden dejar a medias. Tenías que haberlo concluido y enviado al registro”.

Cuando vi que la ‘bola testamental’ me estaba invadiendo el cerebro, me dije “basta ya, déjate de testamentos y piensa en cómo sales de esto”. Y seguí intentando desarbolar el patín boca abajo”.

Cada vez que veía pasar un barco, me levantaba y gritaba como un poseso moviendo los brazos. Pero los barcos pasaban muy lejos. Era imposible que me vieran.

DOS HORAS Y CUARTO EN REMOJO

Miré el reloj. Desde que habían dado la salida de la manga a las 14 horas, debía haberme puesto el barco por sombrero hacia las 14,15 horas y ya eran las 16,30 horas. Llevaba en remojo dos horas y cuarto y ya debía hacer como una hora que los patines de la regata habían llegado a tierra. Pensé que no podía ser que nadie se diera cuenta de mi ausencia en el varadero o en el vestuario. Intenté confortarme pensando en que seguro que alguien debía haber dado ya la alerta. Me puse a mirar hacia tierra, a izquierda y derecha, a escudriñar entre las olas anhelando divisar la zodiac de Albert, el chico que había montado la prueba, viniéndome a buscar.

Sin embargo, nada. Nadie.

Allí, en medio del mar encabritado y el viento soplando bajo un cielo de color plata, sólo estábamos mi patín panza arriba y un servidor intentando que el subidón de adrenalina que llevaba encima me ayudara a controlar los nervios. Me volvía lo del testamento y echaba fuera de la cabeza aquel pensamiento absurdo a empujones. “Tú no la palmas, tú no la palmas”, me iba repitiendo. Y me animaba: “venga, insiste en lo de soltar los obenques, a ver si te sacas de encima el maldito palo y la maldita vela que no te dejan desvolcar el patín”.

Volví a mirar el reloj. Eran las 17 horas. Hacía tres horas que habían dado la salida de aquella manga que había empezado bien pero que se había torcido de tan mala manera que había pulverizado todos los tiempos límite. Veía la costa lejos y verla me hizo pensar, “bueno, mientras haya luz, hay esperanza de que igual te vea algún barco.”

SOLO EN MEDIO DEL MAR

Pero por allí no pasaba nadie. Y eran las 17,05 horas

Y el agua estaba helada. Cada vez más. Y eran las 17,10 horas

Y la costa cada vez se veía más chiquita. Y eran las 17,13 horas.

Y el cabo del flexor de las narices no había manera de soltarlo. Y eran las 17,15 horas.

Y las olas me zarandeaban como si quisieran escupirme del barco. Y eran las 17,20 horas.

Y el testamento de marras que volvía con aquello del “por qué no lo acabaste y lo entraste en el registro. Y eran las 17,25.

El reloj seguía corriendo y cada minuto que pasaba me hacía pensar en que cada vez iba quedando menos tiempo para que anocheciera. Y si anochecía y en el club, el uno por el otro, nadie se había dado cuenta de mi ausencia, ¿quién me iba a venir a buscar? Y si se hacía de noche, y salían a buscarme, ¿cómo me iban a encontrar en medio de la oscuridad?

Y el testamento de nuevo: “si la palmo ahora, vaya lío”.

Y DE REPENTE, UN BARCO A LO LEJOS

De repente, a lo lejos, vi un barco pesquero. Me puse en pie y me puse a gritar como un loco y a mover los brazos como un molino de viento. Y pese a lo que gritaba y me movía, aquel barco iba a la suya, no cambiaba de rumbo. “Claro, ¿Cómo va a verte con los bajo que eres?… Es igual, tú, grita, grita y no pares de mover los brazos. Y cuidado no te resbales. Si te caes ahora al agua, seguro que no te verán. No pares. Grita. Grita”.

De repente ¡oh, maravilla! el barco varió su rumbo y puso proa hacia mí.

“Hoy no la palmas”, me dije.

Y efectivamente, parecía que aquella pesadilla empezaba a enfilar su epílogo. Sí, sí, sí, aquel barco, un bendito pesquero grandioso, venía hacia mí. Me habían visto. “Hoy no la palmas. Hoy no la palmas. Y dormirás en tu cama. ¡Bendita cama!”. Eran las 17,30 horas. Mi ‘regata’ había durado tres horas y media”.

“¿ESTÁS BIEN?”

Cuando llegó mi barco salvador, lo primero que vi asomar por la borda fueron las cabezas de tres chicos negros.

-¿Estás bien? –me preguntaron a gritos.

-Sí, sí –les grité.

-Te vamos a tirar dos cabos. Con uno amarras el barco y con el otro te subes al barco, -me explicó uno de ellos.

Cacé al vuelo el primer cabo y lo amarré como puede a la barra escotera del patín.

Luego pillé el otro para subir al barco, como me habían dicho. Pero cuando me fijé en la altura del pesquero me dije: “¿cómo voy a encararmarme a ese barco. ¡Pero si es una pared de cuatro metros!”.

El pesquero no dejaba de bandear a lado y lado a causa de las fuertes olas. De repente, vino una ola que provocó que el barco escorase bestialmente hacia donde yo estaba, y súbitamente, con otra ola, escoró hacia el lado opuesto provocando que yo saliera catapultado y fuera a parar muy cerca de la borda y aquellos tres chicos negros me agarrasen como un saco y me subieran de un tirón al pesquero.

Cuando ya estuve a bordo, al capitán de mi embarcación salvadora y a mi tres ‘ángeles negros’ les cogió la prisa: “venga, deprisa, deprisa, que no llegamos a la subasta”. El capitán aceleró, el cabo que remolcaba el patín se tensó y, en un abrir y cerrar de ojos, se oyó un chasquido, el cabo salió volando con la barra escotera en su extremo, y el patín quedó a la deriva de nuevo y con las dos aletas rotas. El palo, el maldito palo que había intentado desarbolar denodadamente emergió por la fuerza de la vela. Y allí estaba, finalmente, el patín desarbolado, con las dos aletas rotas.

-Dejad el patín. Está roto, -le dije al capitán-.

-Ni hablar, -contestó él-. Estamos en zona de entrada de puerto y no puede dejarse nada a la deriva.

En estas, apareció Albert, el chico que había montado la regata, con la zodiac del Natación Barcelona. Fue él quien se ocupó de recoger el ‘cadaver’ en que se había convertido mi patín.

Me preguntó si quería volver con él a playa. Hice el gesto de ir a desembarcar del pesquero pero el capitán me dijo: “eh, tú, quieto parado! ¿Te has visto la cara? Llevas un subidón de adrenalina, y estás tan al borde de una hipotermia, que mejor te quedas con nosotros. Anda estate quietecito y tómate esto que te he preparado”.

BREBAJE DE LOBO DE MAR

Albert se marchó con la zodiac hacia el Natación Barcelona remolcando los restos de mi patín, mientras yo, a bordo del pesquero y con el capitán y mis tres ‘ángeles negros’, enfilamos hacia la bocana del puerto. Mientras avanzábamos hacia allí, me fui tomando lo que me había preparado el capitán: un café ¿o era una sopa? No sé, tenía un color parduzco sospechoso que me incendió el estómago. Pero aquel ‘brebaje de lobo de mar’ me hizo entrar en calor.

Al llegar a puerto, allí estaba Reski con su vespa. Me despedí del capitán y de sus marineros dándoles las gracias efusivamente.

Me subí a la vespa, a la espalda de Reski, con mi neopreno chorreando aún, el chaleco, el chubasquero y los botines, y blandiendo la barra escotera, el único testimonio tangible de lo que había ‘salvado’ de mi compañero de aventura.

CITA NOCTURNA

Aquella noche salí a cenar con un amigo con el que había quedado el día anterior. No quise cancelar la cita. Me sentía pletórico tras la experiencia vivida. Hablamos mucho con aquel amigo. Y bebí bastante. El vino que nos tomamos sabía mucho mejor que el brebaje del capitán del pesquero.

Al día siguiente, sin embargo, no pude ir a trabajar. Me dolía todo. Tenía fiebre. Estaba hecho una piltrafa. Decidí que el próximo patín que me comprase sería de color blanco y con las quillas rojas, muy rojas.

Tiempo después empecé a navegar siempre con el teléfono protegido con una de esas fundas estancas que venden en Decathlon. Seguramente, si hubiera ido con teléfono, me habría ahorrado aquella aventura o, cuando menos, las angustias de estar tantas horas en el agua a la deriva.

A la semana siguiente volví al Club Natación Barcelona. Había regata y participé en ella con un barco prestado.

Recuerdo que una vez me preguntaron si había presentado alguna denuncia. No, no la presenté. Pensé que cuando sales a navegar, las cosas de este tipo, en cierto modo, ‘entran dentro del pack’.


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