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No seguir un orden conlleva consecuencias

La importancia de colocar los alimentos en la nevera

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(16-10-2019). La mayoría, colocamos los alimentos en el frigorífico de cualquier forma, siendo lo principal que quepa todo. Únicamente prestamos atención al espacio disponible y, en todo caso, atendemos un poco a las indicaciones del fabricante (la verdura en su espacio correspondiente, las bebidas en los estantes adaptados para ello, etc.). Sin embargo, ubicar los diferentes ingredientes en la nevera –de forma correcta y ordenada- puede resultar más necesario de lo que nos pensamos.

La principal finalidad de poner los alimentos en la nevera es para poder retrasar su deterioro y, así, alargar el máximo posible su vida útil antes de ingerirlos. Eso sí, hay que tener en cuenta que este aliado que es el refrigerador también puede ser un foco de contaminación. Es preciso saber que “los microorganismos pueden pasar de un alimento a otro por contacto y convertir la nevera en un foco de infección”. Esto tiene consecuencias claras: “causa enfermedades propias de la transmisión por alimentos como es el caso de la salmonelosis, campilobacteriosis o listeriosis”. Con los consejos de los expertos de la clínica de nutricionistas Alimmenta en Barcelona, ofreceremos una serie de pautas para evitar una contaminación cruzada entre los alimentos y que estos puedan guardarse en las mejores condiciones.

La nevera no tiene súper poderes

Está claro que la nevera es un campo de paso. De tránsito entre nuestra compra, el cocinado o preparación y la posterior ingesta. Por lo tanto, no hay que pensar que el frigorífico tiene un poder ilimitado y es capaz de conservar el alimento como el primer día, además de “destruir cualquier microorganismo que contenga la comida”. Es preciso tener en cuenta que las neveras utilizan el frío como método de conservación y, por este motivo, “el deterioro del alimento es más lento”.

De hecho, tal y como nos explican de forma explícita los expertos de Alimmenta, lo que hace la nevera es que “las reacciones químicas que deterioran los alimentos vayan más despacio y se prolongue la vida útil del alimento”. Eso sí, no hay que pensar que por poner un alimento en el refrigerador su vida va a ser casi eterna, ya que “el frío no destruye los microorganismos, sino que detiene o ralentiza su crecimiento”. En este punto, pues, radica la importancia de “controlar el tiempo que un alimento concreto lleva en la nevera”.

Orden ante todo

El filósofo y matemático griego Pitágoras escribió que “con orden y tiempo se encuentra el secreto de hacerlo todo, y de hacerlo bien”. Una frase que viene como anillo al dedo para este artículo. Y es que es totalmente preciso dedicar tiempo a poner los alimentos en orden en nuestra nevera. Los alimentos deben colocarse aprovechando, al máximo posible, el espacio que tiene nuestro refrigerador –sea del tamaño que sea-. En este sentido, es necesario adecuar nuestra compra a las dimensiones del mismo. Aprovechar el espacio con una agrupación adecuada de los ingredientes sería la premisa fundamental a seguir en todo este proceso.

“No todos los alimentos se deterioran con la misma rapidez”, avisan desde Alimmenta. Por este motivo, en su clasificación y orden debemos tener en cuenta dos características esenciales:

  • Cuál es el tipo de alimento
  • Cuál es la temperatura de cada una de las partes de la nevera (ya que no cada parte de la misma posee el mismo frío)

Teniendo en cuenta estas dos premisas, podemos dividir nuestro refrigerador en 3 partes distintas y bien remarcadas:

  • Parte superior y central. En este trozo debemos situar los alimentos que no necesitan tanto frío. Esto es, lácteos, embutidos y alimentos ya cocinados. Al mismo tiempo, también hay que situar en esta fracción de nuestra nevera aquellos alimentos en cuya etiqueta figura la inscripción “una vez abierto, conserve en frío o en nevera”. Nos encontramos ante una zona amplia de nuestro frigorífico, pero también debemos poner un poco de orden entre ellos.
    Es por ello que desde Alimmenta nos ofrecen unos consejos simples y fáciles de llevar a la práctica para mantener unas medidas higiénicas: aislar con film o envases cerrados (por ejemplo un tupper) los alimentos que queden expuestos fuera de su envase original (quesos, por ejemplo) o restos de comidas; colocar de arriba abajo los productos de mayor a menor vida útil y también de menor a mayor uso; poner delante lo que se tenga que consumir antes por fecha de caducidad (por ejemplo, yogures) o en función del día de elaboración del alimento (una salsa napolitana, por citar sólo un caso concreto) o si llevan abiertos ya varios días (un tetra brik de crema de leche, por ejemplo).
  • Parte inferior. Esta parte de la nevera se divide en dos cajones que, generalmente, se identifican por el dibujo del alimento que deben contener (un dibujo que suele estar en la puerta de cada cajón en cuestión). En el primer cajón se colocan las frutas y las verduras (hay que ir con cuidado, porque éstas se puedan deteriorar y malmeter a temperaturas excesivamente bajas). El segundo cajón es el que suele estar más cerca del congelador. En él, situaríamos las carnes y los pescados. Ésta es la parte más fría de la nevera, suele tener –o debería tener- unos 2 grados centígrados. Por este motivo, en esta parte del frigorífico debemos colocar los alimentos con una vida útil más baja. Pero no de cualquier manera, sino en envases cerrados y eliminar los jugos que desprenden.
  • La puerta. Estamos ante la parte menos fría de la nevera, ya que se trata de una zona de apertura y en contacto con la temperatura exterior cuando abrimos la nevera. En este posición, debemos poner los productos que no necesitan temperaturas muy bajas para su conservación (es decir, bebidas, zumos abiertos, botes de conserva, tetra briks de leche, salsas, mermeladas, mantequilla y también los huevos).

La nevera no es cajón de sastre

Con la excusa de su mejor conservación y mantenimiento, no hay que confundir la nevera con un cajón de sastre para todos los alimentos. Y es que no todos los ingredientes son aptos para almacenar en frío. De hecho, en algunas ocasiones, “las bajas temperaturas pueden tener el efecto contrario e incluso avanzar su deterioro”. Es el caso de productos como el pan (se endurece antes con el frío que en la panera), los tomates (el frío daña sus membranas internas y provoca que su pulpa se vuelva insípida), las frutas tropicales (como el aguacate, la piña o el plátano; las bajas temperaturas impiden que las enzimas actúen y las frutas maduren y el resultado son frutas sin sabor y duras), las patatas, cebollas y ajos (el frío modifica su sabor).

 

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